Desde el Aria de la sombra hasta La Orilla del Cielo, No es distancia, no es lejanía: «es raíz». Un rebusco en los límites de la memoria y reencuentro con el legado que a veces se olvida. La caja escueta y desnuda, minimalista, propicia su virginidad transitada para que la consuman el tacón y los marcajes rotundos paridos desde lo visceral, hundiendo los hitos, plantando los tótems en un ceremonial atávico de visitación. A golpes de percusión, al unísono de los poderosos pies de este gitano, estallaron las venas del recuerdo, el azote de la historia, el fervor de la alegría o el quejío de un dolor.
El baile de José Maya en Lejano es un revulsivo que retorna una y otra vez al origen, a la génesis sacralizada del cante y el baile, en homenaje a los viejos que comparten la herencia en un abrazo entre el orientalismo del Mare Nostrum y los primeros brotes verdes que trajeron el flamenco a la sangre que bombea incesantemente el corazón. De los sonidos del Kanun de Husam Hamuni a la guitarra flamenca de El Peli –digno de mención aparte– cupieron en escena los estadios de una elegantísima alegoría donde la vanguardia y el flamenco se dan la mano en sincronía, sin estridencias, preñaos de gitanería y flamencura, salpicados desde las esquinas por la jota o el clásico español. Todo ello conminado a colarse en sus dibujos bajo los preceptos de la ortodoxia sin desvirtuar, pero moldeada al gusto de quien tiene los veinte reales del duro y puede, porque sabe, le sale y quiere, chocar con los límites de los arañones que dan los filos del tiesto del que no huye, sino que habita provocando una sucesión de momentazos, una colección de pellizcos que te levantan de la silla y te sisan los oles incontenidos por mandamiento intrínseco de la afición.
Lo de anoche de José Maya fue pa enmarcarlo. Pa Giraldillo del Baile Gitano y flamenco de esta Bienal, pa revivirlo una y cien veces y deambular por cada uno de los pasajes en los que fue desgranando una espuerta de recursos, figuras y mudanzas que en otros parecieran inverosómiles y en él asumimos como transmutaciones de un bailaor desfiguraíto, atravesao por la razón incorpórea o la sinrazón: solo el arte, el age, la elegancia suprema, la delicatessen del baile, el zapateao gourmet… para construir con un surtido excelso de zarpazos toda una obra de arte sublime y sin parangón.
Tras el telón surgen las voces lejanas con buenas nuevas, emanando de la tierra o cayendo del cielo, con la gravedad de un zumbido que te golpea las carnes y te despierta. El sonido gordo del violonchelo y la seguiriya caliente del Beatito Lorenzo con las cadencias lebrijanas del Chacho Bastián denotan el paladar que también luce en su cante José, tocado con la varita. Seguiriyas al golpe y golpes de pecho por seguiriya que pasearon por la Huerta del Tío Molina, la toná liviana de Diego El Lebrijano que masticó desde las ducas El Pechuguita y los cerrojos de Mairena que precedieron con enjundia en la nuez de Juan de la Maria o la saeta de El Calli, que aun rozado en el gañote se afanó en atinar con el empaque sin mirarse el reloj: un error del vestuario. Delia Membrive se rompió el pellejo del cuello pegándole mordiscos al cante y alborotando al público. Soberbia, flamenquísima, dotada y henchida de inspiración remató con el macho de Juan Junquera jincándolo certera y pura para desbaratar el baile de José, que no necesitó más que rincones de los maderos para demostrar que cuando se tienen los mimbres, los ornamentos y las calles están para los que corren. Sentó cátedra con el aplomo de quintales morenos, recortando a calambrazos los pasos, con fuerza inusitada y arte a raudales.
La taranta marchenera de los trovadores y los saeteros ciegos en las voces bien timbradas de un elenco escogío, dieron pie a los tangos donde las hechuras de José fueron el birlibirloque con el que acarició zalamero el izquierdo del respetable, ya entregaíto a lo que ellos quisieran. Ni el tum incesante que marcaba los tiempos se hizo pesado o machacón, cuando se antojaba justificado para rubricar los cierres en un desfile de desplantes sin ostentación ni efectos buscados, sino reencontrados en su sitio justo para delimitar los parajes por los que discurría, apuntillándolos como bandos en las tablas del Central.
José tiene lo que hay que tener y lo que a muchos les falta: personalidad propia y carencia de complejos. Sabiduría, afición, canta pa reventar y sabe lo que hace, desde el respeto, el conocimiento y la honestidad de un flamenco hasta el tuétano que se viste por los pies. Yo no me explico cómo no está empapelá Sevilla con programaciones en las que se vea su cara. Porque tan solo acercarte a sus ojos te embriaga del aroma de lo tostaíto de la olla y sabe uno que ahí dentro hay candela. La que endiñó en el proscenio del teatro dejando atónicos a aficionaos, entendíos y artistas.
La caña sosegá desde los ayes hasta to er mundo le pide a Dios, pasando por Ronda, adquirió un carácter ceremonial con las mecías del cante. Y la excelentísima guitarra de acompañamiento de El Peli obró el cambio de ritmo al círculo de la bulería, alegría y bulerías donde en un cachito de suelo, arremangándose las recogías de costao a costao, con un braceo de locura, el age al cogerse los piquitos de la camisa tintineando y los meneos de caderas varoniles fueron ya el acabose de un recital que se hizo corto a pesar de su hora y media en la muñeca y un instante en mi interior.
De rodillas en el cenital caracoleó José con el Kanun de Husam por soleá fundiendo el piñonate en las cuerdas privilegiás de su pescuezo. Delia lo secundó zamarreando los cimientos de la oración. Y se paró Joselito Romero para encontrarse en los tercios soleareros apretándose los machos hasta el remate en el que los cuatro cantaores lo arroparon como en una juerga arrojándole sus letras pa que surgiera la catarsis inefable de cuando ocurren esas cosas que nos dejan sin palabras para contarlo. ¡Véanlo ustedes! No se lo pierdan.
Antes de ir acabando se fue a la luz y le tiró un fandangazo que yo recuerdo en los melismas de María La Burra (aunque en otras tesituras musicales, porque es del Niño la Huerta: bien aclarado, Pechuguita) Y en la intimidad del apagón suspendido que aguantó el fuego hasta que quiso José, se fundió a negro para abrochar un espectáculo de categoría superior, de los que juegan en otra liga.
Desde La Estela al Pórtico de la memoria y de Antífona al Callejón del alma, se sacudió Atávico, llegando al Cénit de Levante con la Geometría del navegante o La máquina y el fuego, ungido en la Resonancia que lo llevaron con el cante a La orillita del cielo. Todo eso No es distancia, es raíz. Y José la cultivó desde la esencia, el respeto y el cariño para regalarle al mundo una experiencia ritual que resume en un ratito la historia del baile (y el cante) gitano y flamenco.
Ficha artística
‘Lejano’, de José Maya
XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla
Teatro Central, 13 de septiembre de 2026
Dirección, cante y baile: José Maya
Cante: José del Calli, José El Pechuguita, Juan de la María y Delia Membrive
Guitarra: El Peli
Violonchelo: Batio Hangonyi
Kanun: Husam Hamumi
Percusión: Lucky Losada