La imponente ‘Guitarra desnuda’ de José Fermín Fernández

José Fermín Fernández, ‘Guitarra desnuda’, Espacio Turina, Bienal de Flamenco de Sevilla

Archivo Fotográfico Bienal de Flamenco @Laura León

El tocaor granaíno llegó y besó el santo en su debut como solista en el magno festival. Es, probablemente, el mejor guitarrista de su generación

No se me traba la lengua si digo que, para mí, este tocaor granaíno, de Iznalloz, es el mejor de su generación. Llegó y besó el santo en su debut como solista en la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla. Se enfrentó con valentía al toro, desnudo, solo con su guitarra. Endiñó seis puñalás en una hora y se fue. Ahí quedó eso. José Fermín Fernández vino a consagrarse a la capital hispalense y no le hizo falta la abundancia, porque rebosó jondura y cualidades a arrobas para meterse en el bolsillo a to Dios.

En el panorama guitarrístico del exceso y la armonía, del aspaviento o el caramelo, José Fermín conjugó con pasmosa y aparente facilidad, picados definidos de vértigo, bordones atronadores que estallaron en la algarabía de su magnífica composición, trémolos limpios y fuertes, tiraíllos que perpetuaron caricias, alzapúas de ensueño y arpegios que hicieron cosquillas a las telillas del corazón.

De pulsación poderosa y pulcra, se presentó seductor con la melodía, impecable en el compás. Fue un mago de los silencios. José Fermín es alma con una guitarra o una guitarra con alma, y descolla donde sobran sobraos de técnica con pechos vacíos o falta de transmisión. El duende es su amigo y lo lleva de la mano para que enfile sus dedos y de izquierda a derecha, pasando por los adentros, atraviese a arañazos vivos los ijares de la pasión.

Arrolladoramente flamenco, prestidigitador del tempo, es exquisito y original, creador. Da pellizcos y bocaítos. Es un trilero de las seis cuerdas. Dueño y amo del ciprés y el ébano, el mesías de los misterios oscuros, de los sinsabores y la alegría que abrazan y te dislocan desbaratando las carnes del cuerpo agitando latidos.

Bordón y tercera al sitio para escarbar en los centros con su rondeña inacabada, hecha a sorbitos de muchas, a jirones de tributos. Y a pesar de dos o tres imprecisiones tontas que le trajeron los nervios, se impuso el olvido y subyugó la técnica a la piel, erizando los vellos. Luego hundió sus dedos en los tangos arrumbaos Heroína de Sarvaora, paridos en un parque madrileño, donde lo asaltó la divina inspiración. En las Seis cuerdas rojas de la granaína del Generalife reventó de cristalitos rajaos picando como si no hubiera mundo y le faltara el aire, punzando, jiriendo. Trémolos de inmortales, borbotones de gusto. Los bordones tapaos fueron campanas gordas y los toques de un reloj. Se miró en el poeta. Y prosiguió adelantando el final al sumar la balada y la rumba: Gitana, te quiero y Jeannette, sin aliviarse en los tercios, con falsetones de enjundia. La taranta con bulería de alquimia recordó aquel año en el que ganó en La Unión y en Córdoba. Lució preñao de gracia, profundo, ardiente, soñador. Y cerró el pestillo con su Reliquia lorquiana, compuesta con versos libres para los caprichos geniales de Manuel Liñán, con trazos de FedericoAnda jaleo, La Tarara…–escondidos entre la música con la que hizo el amor.

José Fermín Fernández. Reincidente de los gañafones de rugidos que encienden y hierven. Agitador de la sangre. Maestro del ceremonial de la comunión entre la madera y las cuerdas. Sonanta de revelación constante que me dejó el cuerpo magullaíto hasta la próxima ocasión, con las piernas temblando y el corazón compungío, enamorao hasta las trancas de la imponente desnudez de su evocadora guitarra.

Ficha técnica

Guitarra desnuda, de José Fermín Fernández
XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla
Espacio Turina, 13 de septiembre de 2026

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