La soledad entendida como paisaje y desamparo es uno de los ejes sobre los que vertebra su estreno el reputado bailaor Andrés Marín, que presenta en la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla una obra sobre La Alameda de Hércules, sus ecos y silencios poniendo una mirada poética sobre la memoria de este mítico enclave. La delegada de Turismo y Cultura Angie Moreno ha destacado que «es un orgullo que la Bienal de Flamenco vuelva a demostrar que Sevilla no solo es la capital mundial del flamenco, sino también un lugar donde este arte está permanentemente creando, evolucionando y dialogando con nuestra propia identidad. Desierto es una magnífica muestra de ello, Andrés Marín parte de un espacio tan sevillano como la Alameda de Hércules para convertirlo en un paisaje emocional y universal, y lo hace desde una mirada profundamente personal».
«Esta XXIV Bienal está llevando el flamenco a todos los rincones de Sevilla y, al mismo tiempo, está consiguiendo que nuestros espacios, nuestra memoria y nuestra historia sean reinterpretados por grandes creadores. Desierto nos invita precisamente a mirar la Alameda de otra manera, a escuchar sus silencios y sus ecos y a descubrir cómo un lugar tan reconocible puede convertirse en una experiencia artística completamente nueva. Es una propuesta valiente, contemporánea y muy sevillana que estamos deseando disfrutar en el Teatro Central el próximo 25 de septiembre», ha señalado.
En palabras del director de la Bienal Luis Ybarra «en esta edición estamos celebrando el centenario de la ópera flamenca y, de algún modo, Desierto se encuadra en este aniversario desde otra mirada. Queremos abordar este centenario desde perspectivas diferentes y esta pieza nos permite hacerlo a través de una mirada personalísima hacia uno de los grandes emporios artísticos del flamenco, la Alameda de Hércules, un espacio en el que el cante terminó de perfilarse y que forma parte de la historia de este arte. Andrés es de la Alameda y, todavía hoy, este lugar sigue siendo un espacio en el que conviven las vanguardias y donde cabe todo. Podemos encontrarnos con realidades muy distintas y, en ese sentido, Andrés nos muestra una Alameda muy abierta, desde su propia experiencia y desde la relación que mantiene con este espacio».
Como ha explicado el propio Marín tras un ensayo abierto a los medios de comunicación, «abordo Desierto desde la Alameda de Hércules, que ha sido mi espacio de infancia. La conozco estupendamente y es un lugar muy abierto, y creo que eso también tiene mucho que ver con cómo soy yo. Pero Desierto no habla de la Alameda en sí, sino de lo que me provoca cuando llego a ella. Puede que hoy sea uno de los espacios más alternativos de Sevilla, pero para mí siempre fue un lugar de escucha y ahora se ha convertido en un espacio de ruido».
Marín ha añadido que «tenía la necesidad de mostrar cómo la veo yo, ese vacío, ese estado de desolación, aunque en realidad es también un estado propio, algo que tiene que ver conmigo. Hay un guiño a los personajes que estuvieron allí y muchas capas dentro del espectáculo. Empiezo con algo muy fuerte, con la Alameda que yo veo ahora, y a partir de ahí se van sucediendo los distintos espacios que voy imaginando y viendo. De eso va».
No pretende reconstruir la Alameda de Hércules ni reproducir literalmente su historia, sino acercarse a una verdad más profunda y esencial. Andrés Marín parte de aquel antiguo emporio artístico en el que el cante se estilizó entre los siglos XIX y XX, de los kioscos de cristal, el suelo de albero y las reuniones en el Siete Puertas, para buscar los ecos que han quedado suspendidos en el tiempo. La pieza se adentra así en la memoria de un lugar que, despojado de sus referencias más visibles, se convierte en un paisaje interior.
La soledad es la columna que atraviesa este territorio. No como ausencia, sino como un estado y una forma de mirar: una rama inmóvil, una reja echada, un espacio vacío o una sombra que permanece cuando todo lo demás ha desaparecido. ‘Desierto’ explora ese desamparo a través del movimiento y de su ausencia, construyendo una atmósfera en la que la quietud, la luz y la escenografía tienen tanto peso como el propio baile.
La música contemporánea se incorpora a este paisaje para rodear aquello que la pieza busca expresar sin terminar de hacerlo explícito. El piano de Pepe Fernández, la guitarra de Salvador Gutiérrez y la electrónica de Óscar Mulero dialogan con el universo flamenco de Andrés Marín, mientras la voz de José el de la Tomasa, ‘El Último Faraón’, aparece como un eco de ese cante centenario que recorre la memoria de la Alameda. La propuesta incorpora además un epílogo musical de Alberto Carretero y fragmentos de Para terminar con el juicio de Dios, de Antonin Artaud, y Fiesta, de Juan Domínguez.
La arena, presente en el propio imaginario de Desierto, adquiere también un nuevo significado. Andrés Marín no la plantea como un elemento externo, sino como una materia de la que forma parte el propio intérprete. El bailaor se sitúa así dentro de ese paisaje árido, en un ejercicio escénico que convierte el espacio en una extensión del cuerpo y que hace de la inmensidad y la pregunta dos de las claves de la pieza.