La Peña Flamenca Torres Macarena se puso abarrotá de aficionaos para homenajear a un guitarrista macareno con quien Sevilla tiene una deuda. Pero esta ensolerada casa quería saldar por su parte la vuelta de cara de una ciudad sorda que no cuida estos detalles. Y aprovechando que estaba programado en La Unión de Peñas, quisieron hacer algo más y glosar su figura, destacando su vinculación con la peña.
Previo a un recital memorable en el que engarzó malagueñas y abandolaos, taranto –en tributo a Camarón, parafraseando musicalmente su Nana–, la seguiriya A canela y clavo para Chocolate, una bulería por soleá en recuerdo del Tío Ramón Amador, acompañado a la caja por Lolo Lozano, que también lo escudó en las bulerías con las que abrieron la segunda parte, y las sorpresas al cante por soleá del presentador que glosó su figura, el crítico Kiko Valle, director de esta revista, y el joven cantaor Dieguito Amador con un seguiriyón, además de unas cuantas letras por bulerías en las que endiñó la pataíta de arte de Lolo, el percusionista, familia de Los Farruco, vino la loa de Kiko. El homenajeado tocó con las fatigas de la responsabilidad pero flamenco como ninguno.
Kiko se había deshecho en halagos repasando su trayectoria artística sin pormenores detallados. La amplia presentación estuvo cuajada de momentos entrañables y anécdotas que el guitarrista le reveló y nosotros ahora les resumimos.
El Perla vivía enfrente. En el número 18. La peña se erige cual monumento en el 19 de la calle Torrijiano. Más adelante tenían sus casas Fregenal, la tía de El Carbonerillo o la bailaora Carmen Ledesma. Y su juego desde niño, aun preadolescente, era la guitarra, el cante… en los cuartitos de Torres Macarena: Triana y Los Puertos, separados por un patio con su higuera, un níspero y su limonero. Su padre Aurelio no tenía teléfono y lo llamaban aquí. Era buen aficionao y quería un guitarrista en la familia para que lo acompañara al cante. El Perla se hizo tocaor casi a la fuerza, pero le encantaba. Y cuando entra en la peña, vuelve a su infancia, a sus amigos, a su casa.
Su abuela, su gente… eran de piel morena y él más blanquillo y rubio. Ella le decía que parecía una perla. Así cuando hubo que ponerle un nombre artístico estuvo muy acertado El Torombo, que lo vio claro. Fue precisamente de él, de quien aprendió los códigos para acompañar al baile, porque primero vino el cante, el baile le daba jindama, hasta que se hizo y después ha acompañado a los mejores llegando a estar más de 15 años con el mismo Farruquito.
El Perla aprendió a acompañar al cante como mejor se puede, bebiendo de los maestros cara a cara, en las fiestas de la bohemia, en las juergas, los escenarios, la calle…Y en las tertulias de los cuartitos de cabales de esta santa casa, en Torres Macarena, escuchando y tocándole a Manuel Centeno, a Pies Plomo… Y junto a Rubén Levaniegos, que pasó por el entarimao hace poco, solo recibió alguna clase de Pepe Varo. Pero antes y después, prosiguió de manera absolutamente autodidacta. Buscaba a Eduardo de la Malena en la Alameda y a quien hiciera falta, reverenciando y mangando de los buenos. A Quique Paredes, a Manuel Domínguez El Rubio, que le enseñó a rasguear bien, porque lo hacía empezando con el índice, a Pedro Bacán, en cuya casa conoció a Parrilla…Pero recuerda que entonces en Torres Macarena se vivía el flamenco día a día, con independencia de las actuaciones, en las que muchas veces participó. Su padre decía que no estaba preparado. Era exigente y no le regalaba los oles. Y cuando faltaba alguien, ahí lo tenían, al cruzar la calle. Es más, muchas veces no traía guitarra y tocaba con la que tenían aquí.
Aquel niño que probó el piano y comenzó a estudiar música en el conservatorio, en cuanto vio que se pasaba demasiado tiempo escribiendo en un pentagrama, lo dejó. Él solo quería tocar y tocar. En vez de escribir sobre cinco renglones, prefirió hacerlo sobre los seis ríos de plata de una guitarra para arropar con su acompañamiento los tercios del cante y tocarle a los aficionaos macarenos y a la afición en los rincones del alma.
Debutó profesionalmente acompañando nada más y nada menos que a Chocolate, con 14 ó 15 años. Y está la foto que lo corrobora en la peña. Por lo que puede decir que lleva más de 30 años como profesional en la guitarra. Y fíjense que no es hasta hace unos meses cuando decide grabar su primer trabajo discográfico, que tituló Mi camino, un discazo donde se muestra como es, sin ceñirse a claquetas ni metrónomos. Un discazo sencillo, caliente y certero, con muchas dedicatorias: a sus padres, al Tío Ramón Amador del que aprendió mucho, a Chocolate, a El Chino, que le encantaba y lo iba a buscar, a Manuel Morao, a Morente y a Paco de Lucía.
No ha pretendido el perfeccionismo extremo –sin correr– porque si no suena uno «esparabao». Y siempre con los zapatos mi limpios, como don Manuel Molina le enseñó. Es un disco con muchas dedicatorias y buenas colaboraciones: Juanfran Carrasco, Duquende, los pies de Pepe Torres, Josemi Carmona, Diego del Morao, El Pechuguita, Manuel Valencia, Rubio de Pruna, Estrella Morente o La Tana, por ejemplo. Por cierto, que le tocó una vez junto a Montse Cortés y Lole Montoya, en el Teatro Pavón, debutando con Lole de quien dice que revolucionó de verdad el flamenco llevándolo con Manuel Molina a otra dimensión.
Ha grabado uno después de 30 años tocando, pero ahora los niños aprenden cuatro cosas y ya son solistas, publicando álbumes año tras año. Es curioso que para la grabación del cedé ha tenido que aprenderse sus propios toques después de haberlos creado. Porque es un guitarrista de improvisación. A veces no sabe ni lo que ha hecho. No le pidan que repita tal cual cada uno de sus cortes.
Echa en falta ese respeto a los viejos, que los jóvenes acudan a los mayores para empaparse, que son los que nos han dejado el legado y han pasado hambre para que hoy el flamenco sea lo que es. Hace poco lo llamó un cantaor muy querido y le dijo: «sobrino, ya has dejao el vespino» simbolizando que ya ha cuajado, que ha integrado los tiempos y está en plena madurez. También lamenta que los artistas trabajen en un festival y se vayan sin que aquello acabe, que no se queden a ver sus compañeros, ni se den aquellas fiestas de antes. Ahí había buena afición. Y un guitarrista tiene que ser aficionao al cante, como lo es él. Que no vean cómo canta. Y lleva toda su vida sin representantes. Trabajó con Cafelito, Luis Cabello o Pulpón, pero porque lo pedían y lo llamaban los artistas, como lo siguen haciendo hoy.
El Perla se ha mirado en el espejo del Niño Ricardo, Melchor de Marchena y Diego del Gastor, pero es uno de los poquísimos tocaores que le queda a Sevilla que han servido de puente generacional entre Paco, Manolo Sanlúcar, Habichuela, Cepero… y los de ahora.
Con 16 años se pega a Paco Valdepeñas y se cuela con merecimientos en las fiestas con Gaspar de Utrera, El Turronero, Juanito Villar, Pansequito, El Tiriri, Lola Flores, El Carrete de Málaga, El Álvarez o El Andorrano, que aun recuerda cómo le tocó El Perla. También en los escenarios, tablaos, las ferias, La Carbonería, El Mantoncillo y en cualquier bujío, en las casas de los mismos artistas, a las que iba con age y desparpajo con su querido Luis Peña con el que también ha vivido las incontables en Torres Macarena. Lo mismo era aquí, que iban a Jerez, a Utrera, Lebrija… ¡¡Así estuvieron con La Paquera, o La Perrata!! Por eso es un tocaor que conoce todos los airesal dedidllo: los ha respirao, los ha mamao en su estado natural. Y con los especiales que son en Jerez y la de guitarristas que hay allí, le ha tocao a Vicente Soto, a Dolores Agujetas, al Torta, a Fernando de la Morena, a Luis El Zambo… Pero es que de todos los artistas vivos desde cuando él tenía 14 años hasta hoy, le ha tocao a todos, no le queda ninguna espinita más que no haberlo hecho profesionalmente en algo que iba a fraguar con Morente.
Coincidió con el genial cantaor granaíno en Cardamomo, Madrid. Y cada uno estaba detrás de una columna, por lo que no atinaban a verse. No se conocían. El Perla empezó a tocar y Morente al escucharlo, arrancó irremediablemente a cantar. Terminó unas cuantas letras y se asomaron. -¿Y tú quién eres que tocas tan bien y acompañas así por soleá? Le requirió.
A Paco de Lucía lo conoció en unos camerinos, ya cambiado de ropa. A El Perla no se le ocurrió otra cosa que decirle con mucha gracia que lo había confundío con un guardacoches. Y desde entonces no paró la guasa entre ellos. En otra ocasión compartían escenario y tardaba Paco en llegar a probar sonido. Se sentó El Perla en su sito para ver cómo sonaba en su micro y al momento sintió su presencia detrás: -¿Tú que haces en mi sitio? -Probarte el micro para dejártelo bien. Como no llegabas… -Quita anda. Se sienta, lo prueba y lo mira… -Estás más gordo, Perla. -Sí, he puesto 100 gramos. -¿Tú te sabes Ziryab? -¡Hombre Paco, eso te lo puse yo! Y así todo el tiempo. Paco le decía: «No pierdas nunca tu propio sonío. Es muy difícil sonar a uno mismo»
Manuel Molina se bajó de un coche en El Rocío y El Perla le acabó tocando por casualidad. Después Manuel consiguió su teléfono y lo llamó para que grabara con él una bulería porque: «Perla, tú me pusiste una manta de romero pa cantá» ¡Ole! Se lo llevó a su estudio para un día y estuvo tres meses interno, sin salir de allí. El padre de El Perla llamaba: -¿Pero qué pasa? ¿Todo bien? -Que sí, Aurelio, lo único es que me va a dejar sin camisas. El gitano se partió 7 escuchando tocar a El Perla. Y tras un puñao de borracheras de arte y tres meses, quedó grabada la bulería. No es de extrañar, aparte de la admiración que ya le profesaba, que en Attila, un local que junto a unos socios montó El Perla aquí en Sevilla en la calle Albuera para que hubiera un sitio donde acabaran los flamencos de fiesta, y damos fe de ello porque allí hemos vivido muchas, tengan en un rincón una pintura preciosa que retrata a Manuel Molina.
Y Mayte Martín, que aparte de ser una excelente cantaora es una grandísima aficioná a la guitarra, lo llamó un día para felicitarlo dejándole para el recuerdo una frase: «Perla, con tu guitarra, eres el mejor mayordomo del cante». Se podrían enumerar miles de anécdotas desde que era un niño, con la crema del flamenco, desde Sevilla al mundo. Argentina, Nueva York, Londres… pisando los mejores y más reputados teatros. En Japón, Estados Unidos… Y siempre ha ido abanderando el toque de Sevilla, de este barrio y sintiéndose un hijo pródigo de la Peña Flamenca Torres Macarena, ejemplo de peña en el mundo entero que, según cuenta, debería tener en la puerta una insignia o azulejo grande, promovido por el Ayuntamiento para señalar la importancia que ha tenido y tiene en esta ciudad.
Aquí, una de esas veces que falló un guitarrista le tocó por primera vez a Fernanda y Bernarda de Utrera. Y recuerda que en un tercio de Fernanda se quedó helao y no pudo ni tocar. Se retuerce con Fernanda. En otra ocasión, no porque faltara nadie sino por elección del cantaor, pudo acompañar a Gabriel Moreno, guardando un gratísimo recuerdo porque además estaba en el público Juan Valderrama, a quien Gabriel le rindió respetos. Pero igualmente acompañaba a aficionaos o le mangaba algo a Manolo Brenes, que estaba con el Polito de la Alameda o Salvador El Carpintero. O se quedaba en ese patio disfrutando con Rafael Riqueni.
Sevilla le debe un reconocimiento. Y la Peña Torres Macarena, su casa, la que él lleva por todos sitios por bandera, se lo dio esa deuda. Con respeto, cariño, con profunda admiración y con el calor y el aplauso de todos los asistentes.









