Ni me acordaba. Con el culo de Mounjaro que me ha quedao ya quepo en cualquier sitio. Me apuntó anoche un detalle la compañera Sara Arguijo, de El Correo de Andalucía, con quien intimé la pasada Bienal porque no había más remedio. Vamos a entendernos. Killo, espera. Te explico. Y es que en el patio del Real Alcázar de Sevilla el asiento era una tortura. Todos nos quejábamos. Las duras sillas plegables de madera estaban tan juntas que nos hacíamos pelotillas en las rebecas con el de al lao. Y claro, a los de prensa nos ponen juntos. Y el roce hace el cariño.
Algún crítico de salón se quejaba en las redes de que elogiábamos casi en unanimidad, que éramos blandengues. Y es que fue una buena Bienal. Y que el roce hace el cariño, insisto. Aunque no tuvieran la misma opinión por dormir ningún crítico y critica, o critique (aquí me permiten la ‘q’ si yo permito la ‘e’) uno con la otra, o uno con uno o una con una, en el mismo colchón, que yo sepa, nos obligaba la situación y el mobiliario a estar arropaítos.
Oyeron nuestras peticiones, parece ser. Y las del público. Seguimos agrupaos en la misma fila todos con las escopetas cargás, cuando hace falta, con los ojos y oídos puestos en la escena, pero sentados más cómodamente. Era hora. ¡Gracias!