La Bienal y los solapes

El mayor escaparate del flamenco del mundo reincide en una programación en la que se solapan las actuaciones obligando al público a elegir qué propuesta perderse

Esto no es nuevo. Es un problema arrastrao. Ni siquiera es una traba endémica de ese raro sector de la crítica de flamenco. Porque hay público tan jartible, por más que cueste entenderse, que, de poder asistir a dos o tres espectáculos diarios de La Bienal de Flamenco de Sevilla, además de a las actividades paralelas y hasta a las ruedas de prensa, charlas, proyecciones… ahí estaría. En la puerta, los primeros, pululando de un lado a otro de Sevilla sin tener que echar un pulmón por la boca por no llegar a tiempo.

Es una pena para la afición y los artistas. Para los primeros porque les obligan a elegir entre las distintas propuestas escénicas cuando la hora a la que finaliza una, se solapa con el comienzo de la otra. Eso sin contar el paseo, sea en coche, moto, bici, patinete, taxi, andando o corriendo por los adoquines de Sevilla, donde ya me he esbolillao el mismo pie dos o tres veces y acabamos de empezar. Y para los artistas porque a poco que programen a alguno que tenga más tirón antes o después de su actuación, ve mermada la entrada en su espacio. El arrope no es el mismo. Que hay público para todos. Sí. Pero los asientos vacíos dicen lo contrario, aparte de los que han sido asignados a protocolo, donde casi siempre hay numerosas ausencias que no avisan de su incomparecencia para que el gran equipo de prensa y protocolo que hay detrás pueda liberar sus sitios. Mientras, la gente se queda sin. Gracias a María Antonia y a su gente, a los de Surnames y a la fotógrafa oficial Laura león por tratarnos tan bien y surtirnos con eficiencia y rapidez de contenidos. Poco se habla de su profesionalidad y el trabajazo que se pegan.

Todo esto es una pena para artistas y aficionaos y una torpeza organizativa. Si pusieran a raya a los protocolariamente invitados, que tienen todo el derecho a asistir y hay que seguir guardando las formas con estas deferencias y cortesías, cumpliendo ciertas normas, y cuidaran los horarios de los espectáculos y recitales, venderían más y contribuirían a no colapsar las urgencias hospitalarias por ansiedad y traumatismos, a más de tener más contenta a la afición, a los críticos a y los flamencos que pisan los entarimaos: cuando salen con el patio de butacas lleno, se tiran con los ojos cerraos al caluroso abrazo de los que han ido a verlos. Que va uno con la lengua fuera y sudao si quiere escuchar o contar lo que ocurre en Turina y no llegar con las puertas del Maestranza cerrás. O del Alcázar al Teatro Central. Por poner solo dos ejemplos: na ma que treinta y cinco minutos de recital del guitarrista Antonio Rey me dio lugar a hincarme en vena para subir extasiado los escaloncitos del Teatro Maestranza para el estreno de Sara Baras; y se me fue la olla dejando acabar a Alonso Rancapino por zambra en el Alcázar quedándome sin veinticinco minutos de espectáculo del homenaje a la bailaora Isabel Bayón en el Central, de donde salimos todos llorando ¡Qué entrañable!

Desde el punto de vista periodístico, no todos los medios tienen jurdó para poner en plantilla a dos o tres críticos y repartirlos, que además ni hay, porque en La Bienal parece que escribe cualquiera. Después no los ves en todo el año y creen que una peña es un guijarro del río.  Algunos firman en medios reputados, que no me explico cómo son capaces sus directores de arrojar a estas lides al que sea y como sea. Supongo que por aquello de que trabajan gratis o muy mal pagados. El caso es salir de esta.

Creo que no es tan difícil. Habría que revisarlo. Tomen nota del desiderata, por favor. La crítica y los aficionaos, locales o extranjeros, se arañan la cara con La Bienal y los solapes.

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