Eres solo nadie. La gente pasa y tú no estás. Deambulan impasibles ante tu presencia. La procesión va por dentro. El mundo sigue, gira y no para ante la desesperación, por más inmóvil que permanezcas. La luz se apaga y llega el frío que mitigaba una pequeña ilusión a las llamitas de unas velas.
Ana Morales comenzó el espectáculo un cuarto de hora antes. El rostro tapado con una madroñera. Veía sin ser vista. Pero estaba ahí. Pasaba inadvertida. Las ceras encendías amarrrás a su muñeca. Solo ese hilito de luz iluminaba su estampa. El público se va sentando. Algunos se dan cuenta y nace la intriga, el asombro. ¿Qué le ocurre a esa mujer?
Tres pisos de tarima a la izquierda. Ella otea desde lo más alto apática, sentada en la anhedonia de su depresión con bata de cola blanca. A la derecha, la tierra. Y el agua suspendida del techo en bolsas transparentes que gotean en el suelo recogidas en recipientes que la aguardan simulando el sonido de un tic tac de reloj: el tiempo. Y montoncitos de arena. El fondo muy al fondo, inalcanzable. Un escenario esquelético cruje en una antigua fábrica. Saxos, sonidos amplificados. Un alma al descubierto, pero cargada y con pesadumbre, busca ansiosa una salida en sí. Y comienza una montaña rusa de emociones, el discurrir por un laberinto subterráneo que se transforma y desdibuja en las propias vísceras. Nos robó la mirada. Y la respiración.
Si vinieron por cante, guitarra, volantes y zapateao, los hubo. De otra forma, desde la visión dramatúrgica, performática y hasta hermosa del elogio de lo desagradable, conformando la presentación de la cruda belleza de las fatigas dobles y el torniscón. Vinieron a La Bienal y pagaron su entrada. Acabaron arrimando el hombro y con las carnes abiertas ante las ducas gordas de quien desnudó su alma ajada a pecho descubierto y con las mismísimas entrañas fuera.
La magistral guitarra de Manolo Franco aploma los pies al suelo y les da el sostén de realidad. El peso esencial de la vida en seis cuerdas, el ébano y el ciprés, y unas manos que siguen siendo prodigiosas para sanar, como caldito de puchero de madre, cuando uno tiene el cuerpo de vuelta y media. El calor sincero.
«Parece que me estoy quedando ciega» Ya no ve. No sabe por dónde tirar. Se raja el vientre con los dedos pellizcándose fuerte y se saca las tripas delante del público. Las arroja a los maderos fabriles y se vacía. Rebusca.
Con un dominio absolutamente magistral del cuerpo, atlética incluso, dibujó figuras únicas, made in Morales, aunque le hizo guiños al baile de Andrés Marín o el de Israel Galván, asesorada coreográficamente por otra de las grandes: Patricia Guerrero. Pero como tributos, con deferencia, sin caer en el burdo remedo. Porque Ana tiene recursos sobraos y un surtido de mudanzas, ora flamencas, ora clásicas o vanguardistas que, perfectamente hiladas y con intención, elaboran un discurso que cala y llega al tuétano. No hay atisbo de transgresión provocadora: solo la creatividad de un discurso artístico al alcance de muy pocas.
Sus pies, sus manos, sus muñecas, los hombros, el torso, el gesto, su pelo… todo su cuerpo danza al servicio de una historia de vida que desgrana la estrepitosa caída a los abismos, la ascensión a lo hondo (y lo jondo), mientras intenta agarrarse a un clavo ardiendo y pelea por escaparse de las duquelas que le infligen tanto dolor.
Extraordinaria locura valiente –no osada– que es capaz de hacer bello lo feo. Desde las embestidas de una farruca singular donde levantó el polvo para empitonar, a la bulería en la que, liberada, se despoja del peso de los volantes y renace de la mano de su propia niña de la infancia, fabulosamente simbolizada por Cristina Sierra –con solo diez años: pura, virginal–, que a modo de bautismo la salva y limpia de impurezas con el agua que fluye en lentitud y acoge en sus manitas tiernas. Antes tarareó y se templó por Huelva y cantó con dulzura suprema la bambera de Pastora –eres una y eres dos…– donde todo el mundo entra, toíto el mundo menos yo. Apropiada, sugerente, singular y evocadora. Espléndida incluso en su faceta actoral.
A Morales le falta el aire y respira de una bolsa para encontrar un instante de calma. Se tapa los oídos, se mete los dedos en la garganta para vomitar lo que no quiere. No inhala, no puede escuchar, no traga… Y el estruendo descomunal de un zapateao vigoroso sobre una chapa mientras se agarra a los bajos de una plataforma para no caerse, emulan el rodaje por las escaleras o el más negro de los vacíos hasta el frío hormigón inerte desde el que no puede subir. El tum tum vertiginoso y taquicárdico de la música –rubricada por El Niño de Elche– intensifica la angustia y el desasosiego que no cesa. Quiere huir. Suena el lamento de una seguiriya doliente y se patentiza el sufrimiento que empuja a lágrima viva, cual llaga que sangra. Cae desmayada de extenuación, farfullando unos tercios de Manuel Molina, como la que se aferra en su delirio a los gratos recuerdos.
Tras el bautismo a manos de Cristina, Ana resurge de las cenizas arrastrándose por el suelo. Y juega con la tierra, barre con el vestido –que aun pesa– y lo muda por velos blancos, livianos y transparentes con los que se desata y desboca a pelo suelto celebrando en el ritual de la salvación. La sonanta de Manolo le tiende la mano trinando con pulcritud, regalándole guirnaldas para el ceremonial. Y Ana corre con su niña interior al fondo, que es superficie, donde el aire, por fin, ya llega.
Todo parecía un sueño, un poema a trozos que ahora se recompuso sin saber cómo ni por qué, anestesiada por la aflicción y el desconsuelo. Luego bailó descalza, con los pies en la tierra, melancólica, aliviada, complacida incluso. Soberbia. Genial.
Ficha artística
Rapsodia. Fantasía subterránea, de Ana Morales
XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla
Real Fábrica de Artillería de Sevilla
13 de septiembre de 2026
Baile: Ana Morales
Cante: Cristina Sierra
Guitarra: Manolo Franco Saxofón y amplificaciones electrónicas: José Venditti
Dirección musical: Niño de Elche