Llegué tarde a la cita. No vi cómo se fue llenando de luz la guitarra de Jesús Torres. Ni cómo se le iluminó el corazón a Isabel, que quiso dejarle la escena a quien ocupa su izquierdo. Primero él. Bayón quiso alejarse unos metros y desde la primera fila, con el arrope de su sangre, subió a los maderos del Teatro Central, que fue un hervidero de artistas, aficionaos, amigos… con las venas calientes y los ojos humedecíos. ¡Malditos los bichos malos que se ceban con quien no deben y la han hecho llegar al «omega de su vida»! Y que el destino quiera guardarla por siempre con la sonrisa, la elegancia, las hechuras, las cosquillas de sus brazos y su baile de mujer perpetuando Sevilla. Se lo dijeron to con los ojos. Sentaos, dialogando de piel a piel. El flamenco por medio. Fue un beso por bulerías el que desató la celebración y todo se inundó de magia. Al grito de «Isabelonaaa», bailó Bayón.
José Luis Ortiz Nuevo, rebosó de cariño como contaor de las cosas, anécdotas y chascarrillos de Pericón, La Niña los Peines o Capinetti, también emocionao. Y un cuadro de abrazos fueron los cantaores y las cantaoras, que acurrucaron las sedas de la fragilidad de Isabel con medio siglo de baile en sus carnes sufrías.
Miguel ortega crujió en la malagueña y el fandango de Aznalcázar que le soltó a la cara como un piropo, David Lagos brilló sentío en los abandolaos, Antonio Campos siguió la ruta del pájaro herío lorquiana para arrullar con sus mieles a Isabel, Inma Rivero se despellejó el alma en los cuplés para ponerse a sus pies. También la acariciaron las guitarras dulces de Canito y la de Paco Arriaga que, desde la negritud de sus ojos cegados, tocó a tientas con el corazón.
«Era una niña mu pequeña que en el mundo no cabía de lo grande que era» Isabel Bayón, bailaora de Sevilla, quintaesencia de la elegancia, los brazos que asoman tras el Giraldillo, los contoneos sutiles de la feminidad sin ostentaciones que busquen aplausos, el baile por el baile, su vida… Un borbotón de sevillanía, guirnaldas al raso del cielo de Triana. Pericón, Fosforito, Mairena… en off. Unos tangos, soleá, alegrías con bata de cola… y el izquierdo repartío por el patio de butacas. El pecho de par en par. Y el gentío alborotao con jaleos y lagrimones corriendo por sus mejillas.
Bailó con los hombros, con las caderas, con la pose, el gesto, los pies, las manos y el alma. Empujá con el amor de un público que no paró de echarle flores y halagos. Sobraban los excesos. Solo su estampa era el motivo para que aquel día, pasara ya lo que pasara en La Bienal de Sevilla, se convirtiera por merecimientos de la emoción, no en el momento, sino en su noche mágica. «La que lo tiene, lo tiene». «¡Diosa, que eres una diosa!» Los sentimientos a flor de piel. «¡Estás que rabias!». Besos pa tos. Ella sola en la tarima. Las gracias pa to er mundo. Y a sus padres, a sus amigos, al público. El aplauso incesante y atronador. De nuevo el abrazo de los que tanto la quieren. Y desde entonces, cuando aparece por algún teatro o la ve la gente por la calle, la paran y la agasajan, le besan, la piropean y admiran. Le deben El Giraldillo a la Noche Mágica de esta Bienal. Porque…
Bailó Bayón y lloró Sevilla.
* Fue el 15 de septiembre de 2026 en el Teatro Central en ‘Epílogo para un cante que se hizo baile. Suite de cantes’, dentro de la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla