Aurora Vargas y Juana Amaya: del arrojo y la gitanería

Aurora Vargas, ‘Hazme con los ojos señas’, Teatro Lope de Vega, Bienal de Flamenco de Sevilla

Archivo Fotográfico Bienal de Flamenco @Laura León

En ‘Hazme con los ojos señas’ crujieron los colores morenos de la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla

No fue de recibo. Anunciado como un único espectáculo, en Hazme con los ojos señas – aquella letra singular que cantara Tío Borrico – asistimos a dos recitales contiguos que desaprovecharon la oportunidad de reunir en escena a dos gitanas de categoría. De ahí que, no por la calidad, sino por la secuenciación festivalera, pudo incluso hacerse largo disfrutar hora y cuarto del baile de la moronense Juana Amaya, cuando tras un descanso no anunciado, con luces en el patio, prosiguió la velada con los quejíos afilaos de Aurora Vargas hasta alcanzar casi las once de la noche. Fue como un cumpleaños pa to, restándole importancia a lo que la tiene. Un muestrario sin hilazón que dejó en evidencia una mala organización o la falta de acierto en este sentido. No se entendió el dos por uno.

Dicho esto, hay que abundar en que salimos de allí con un tiznón en las carnes, a más de la emoción recorriendo por la piel, porque dos mujerones de bandera se dejaron el pellejo para gustar a Sevilla.

Aplicando mis reglas a la veteranía, hago un nuíto en mi lengua pa guardarme pa mí más cositas. Porque después de soportar los inapropiados empastes del sonido durante casi toda la noche y con los nervios que les presuponemos a los artistas, no seré yo quien se ponga exquisito viendo la paja en el barro, cuando entraron de lleno al fango dándolo todo, entregaítas.

Ausente en el programa de mano que de nuevo brilló por su ausencia, redundando a posta, sorprendió en el entarimao el sonido de los marfiles de Dorantes. Todo un lujo de piano que derrochó dosis de enjundia en el acompañamiento, dotando al montaje de la jondura de las caricias lebrijanas. El Kini de Jerez y David El Galli pusieron el cante. Y El Extremeño hizo apariciones estelares revolcando al graderío con las embestías de su garganta acampaná de indiscutible maestría. La percusión impoluta de Paco Vega y la guitarra almidoná de pastelería fina de David Caro conformaron el cuadro que redondeó después tributando a Diego y Paco del Gastor la guitarra de bordones gordos y recogías de repeluco de Gastor de Paco.

Juana dolió por seguiriya, se buscó en la soleá por bulerías con jaleos extremeños al cierre – echamos en falta aquí que no invitaran a Enrique – y abrochó la terna por bulerías rindiendo honores a la guitarra gastoreña con los falsetones que dibujan la banda sonora de donde nace la cal. Se abrazaron los compases al piano de la bulería arromanzá de Lebrija, con los jaleos extremeños y el baile y la guitarra de Morón. El interludio trajo el cante por taranta y abandolaos, donde El Kini erró en la exageración de los recortes y los golpes de voz. El Galli dulzón y contenido, agradó más con sus fraseos aterciopelaos. Y El Extremeño arremetió con jinque, revalidando sus credenciales, sin que la megafonía le hiciera justicia.

Juana bailó entre parás y arranques, los mismo en un palo que en otro, desplegando la coloratura de sus mimbres una y otra vez, pegando unos cuantos pellizcos, mostrando definición en los pies, un braceo potente y desplantes de trapío, por más que las luces no nos dejaran ver la plenitud de su histrionismo medido, a la vez que mamao, más que a ratos, dialogando con la sonanta de Paco.  

Memorable la recreación de la letra de la soleá de Ramírez que Enrique mete por donde quiere en lo melódico, los escalofríos que dio con La Andonda o El Galli al acordarse de Moreno Galván cuando reverencia a Fernanda de Utrera – ni la alondra maljería –.

Aurora rajó los azogues quebrando su bendito tragaero. Abrió el martinete, sobrepasá de voz, vaciándose en cada tercio, entregando la vida. Lo hilvanó en la tangente de la afinación rebañándose las entrañas por seguiriya. ¿O acaso se llora sobre el pentagrama o se gime en la? El lamento de esta gitana no lo mide el diapasón. Lo cuenta el repeluco que te atraviesa en candela viva, el navajazo ardiente que te descose en dos. Y afilá como los picos de un cristal azotó el macho con la toná liviana de Diego El Lebrijano. Su cante no busca remiendos, se rompe en cada esquina, como apretó en la soleá. Y buscó alivio por alegrías, hasta enfilar los tientos tangos saliendo cambiá de vestío entre bambalinas. Pa comérsela a bocaos. Antes, las guitarras de El Perla y Pedro Sierra le pusieron guirnaldas al toque, paladeando de uno al otro falsetas y cierres que llevaron en volandas a este bellezón de gitana: todo un prodigio de la naturaleza.

A las palmas la acompañaron Javi Peña, Diego Montoya, José Peña y Manuel Valencia. Dedicó su actuación a su nieta Malena, que la jaleaba desde un palco. Y de «Sevilla al cielo», con el susto y la responsabilidad de pisar de nuevo la bombonera sevillana, donde «he tenido tantos triunfitos», acabó el reventón por bulerías, cantando y bailando como ninguna, con lágrimas en los ojos acordándose de los suyos, con arrojo y gitanería. De postre un fandangazo. Y la recogía.

Ficha artística

Hazme con los ojos señas
XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla
Teatro Lope de Vega, 25 de septiembre de 2026

Baile: Juana Amaya
Cante: Kini de Jerez, David El Galli y Enrique El Extremeño
Guitarras: David Caro y Gastor de Paco
Piano: David Peña ‘Dorantes’
Percusión: Paco Vega

Cante: Aurora Vargas
Guitarras: El Perla y Pedro Sierra
Palmas: Javi Peña, Diego Montoya, José Peña y Manuel Valencia

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