El flamenco vive to el año en las peñas. Y en las vidas de los que lo respiran. En esas familias gitanas –y no gitanas–. En las juergas. En las reuniones de aficionaos. Donde está la alegría. Y entre los amigos que se acercan al brocal de la Tertulia Flamenca El Pozo de las Penas de Los Palacios, de donde son esas Uvitas negras, nombre con el que bautismó el maestro Manuel Curao esta noche entrañable al raso del Muelle de la Sal para celebrar los 75 años –na menos– del nacimiento de ese bendito rincón de Los Palacios. Y la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla le abrió los brazos de par en par.
«Los sueños se cumplen». Con el calor de su gente y to el papel vendío, los manantiales y los nuevos ríos se dieron la mano. Sillitas de eneas, dos mesas, tres guitarras y ocho quejíos. Los viejos pasaron el testigo en una emotiva comunión del cante. Miguel Ortega salió tronando enjundioso el pregón de las frutas. Anabel de Vico hizo lo propio con aquel otro del uvero en el que Caracol inmortalizó a perpetuidad las uvitas negras de Los Palacios. Con El Lebrijano en vena, acampanao y rotundo, enjaretó la soleá Juanelo, prestándosela a José Ángel Carmona pa que siguiera arañando, tocao con el don de la personalidad y visiblemente emocionao. Le pide tres letras a Ortega y lo acompaña él a la guitarra. Soleá apolá. Antes la tuvo Juan Requena en sus brazos, dibujando las sendas de los tercios sentíos.
La voz templá de Curao sonó detrás. Resumió la trascendencia de la peña más antigua del mundo, junto a La Platería de Granada. Recordó las figuras referenciales de Paco Cabrera de la Aurora y Manuel Herrera Rodas, hitos fundamentales de la historia de la Tertulia, germen de la propia Bienal, el ITEAF, la revista Sevilla Flamenca, La Mistela de Los Palacios, su Venencia Flamenca, los Jueves Flamencos de Cajasol e innumerables propuestas, algunas de las cuales perviven hasta hoy día.
Así, un racimo de uvitas negras y rubias desgranaron un repertorio de pretendida recreación del ambiente con el que se encuentran en la peña. Unos y otros se piden el cante, lo alternan. Este y otro se atreven, aficionaos y profesionales, jóvenes y viejos, en un juego de pasión intergeneracional que contagia, entusiasma y envenena. Doy fe.
A Chano Lobato –comentó Curao– le espetaron desde el público un día que cantara «aunque fuera por señas». Y lo mismo le pidieron a El Distinguido, afectaíllo de salud. Pero se buscó los reaños con los ojitos cargaos de lágrimas trayendo al momento sus memorias de Triana. Y con dos letras echó a to er mundo a llorá. Tuvo un ratito corto y se retiró a la primera fila para disfrutar sin protagonismos de sus amigos.
Nene Escalera avivó la memoria pa resguardar del olvido la trilla. Más adelante una serrana con la guitarra de Niño Fraile y hasta dos fandangazos, antes de que la brisa traicionera de la demencia se apropiara de sus cantes. Itoly lo secundó, sentaíto en su petate por tonás, lacradas por los ayes de Manuel Orta. Y José Ángel, con la patata encogía, mascó el jipío de la bulería por soleá estampándole el sello. Orta por mirabrás y después su sobrino Juanelo, promesa y presente de la juventud flamenca, derramó azuquilla, canela y clavo en las mecías de los tientos con respetos a Gaspar. Devolvió el cante a su tío, que buscó la petenera. Y Juanelo estalló por bulerías, antes de que Anabel de Vico trenzara la malagueña con abandolaos.
Ortega se fajó los centros y, con el corazón en la boca, aun sangrante por el dolor de una pérdida de las que hierven, asestó un puyazo por seguiriya, de lágrimas como garbanzos. «¡Qué bonito es romperse afinao!», acertó a decirme entre sollozos mi amigo Alfonso, con una soguita al cuello, ahogao por el llanto.
La taranta y cartagenera de Itoly –pa revolcarse– iba en tributo al padre de Miguel. Y Ortega le tocó la guitarra. Los tangos de Anabel con Salvador Gutiérrez dieron el aire pa que Itoly crujiera después la pena por seguiriya, a la que echó el pestillo con el macho de Manuel Molina, sin merma de facultades a pesar de peinar canas, capaz de mondarlos a tos.
En los fandangos, José Ángel cantó los que borda su padre El Distinguido, dibujando los fraseos de El Sevillano. Orta resaltó la excelencia de los «bombones coloraos» de Los Palacios y a todos se nos vino a la boca el salpicón jugoso del bocao a un tomate con sal. Itoly pegó el cerrojazo fandangueando y cerró el cajón.
La Bienal de Sevilla les dio el día en la muestra. Cumplieron su promesa. Y los flamencos palaciegos un sueño. Irrepetible, porque los años no perdonan. Cuando las arrugas de los ojos me nublen, diré: «yo estuve allí». Aquel día en que la gente de Los Palacios, también mi gente y hasta mi peña –entre otras muchas, pero no iguales–, se juntaron a la orillita del río, pa que la voz de El Distinguido chocara en los muros del puente y se volviera a enamorar de Triana en tres versos. Pa inmortalizar a Itoly pegando pellizcos con el cante y al Nene, aunque ni él mismo se reconozca en cuanto resbale el tiempo. Pa que Orta no se olvide. Pa que ahí queden las guitarras amigas de Niño Fraile, Salvi y Requena. La voz calentita de Curao al lao de los suyos. Y que el relevo de un legado de tradición que recibieron Miguel, Juanelo y Anabel tenga razón de ser, siendo La Bienal y el público fedatarios de esta cariñosa entrega a la que no le caben críticas, sino abrazos y la enhorabuena. Fue un momento íntimo apregonao desde las dos orillas del río, una ceremonia, la celebración de sus 75 años. Y ahí y en esto había que estar.
Las Uvitas negras de Los Palacios emocionaron a La Bienal.
Ficha artística
Uvitas negras
XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla
Muelle de la Sal
18 de septiembre de 2026
Cante: Juan El Distinguido, Itoly de Los Palacios, Nene Escalera, Manuel Orta, Anabel de Vico, Miguel Ortega, José Ángel Carmona y Juanelo
Guitarras: Niño Fraile, Salvador Gutiérrez y Juan Requena
Dirección: Manuel Curao